La decadencia de un país en pantalla

La devastación social y la destrucción de los recursos naturales de Venezuela reflejadas en sus películas de producción nacional

El cine venezolano no es de los más artísticos o reconocidos a nivel mundial. Tuvo su época dorada en los 70, con el llamado Nuevo cine venezolano, en la que cineastas de reconocimiento internacional migraron a Venezuela y contribuyeron a crear cine de alta calidad. Esta década estuvo en concordancia con el periodo de bonanza económica que tuvo la nación en un tiempo remoto, y que poco a poco fue decayendo gracias a la mala gestión del país, especialmente desde finales de los 90. La ciudadanía tenía otras prioridades que nada tenían que ver con el cine.

En las pocas producciones cinematográficas que el presupuesto, la corrupción y la censura han permitido, las temáticas con más resonancia giran en torno a películas sobre historia donde los próceres de la independencia de Venezuela son los protagonistas, abundan películas con el protagonista estelar de Simón Bolívar. No obstante, en sus años más recientes, el cine se ha enfocado en hacer críticas sociales a través del séptimo arte: cintas donde los protagonistas se desenvuelven en tramas vinculadas al narcotráfico, la violencia, la pobreza, la inseguridad, la intolerancia y la corrupción. Así, la cultura se convierte en pretexto para denunciar, de la manera más sutil para pasar desapercibidos ante los ojos de gobiernos despóticos, los problemas sociales que atraviesan los ciudadanos. En ellas se muestra la cruda realidad, aunque aderezadas con la característica del venezolano de afrontar los problemas con optimismo, buen humor y resignación en medio de la tragedia.

Algunas de las películas más famosas por orden de estreno son Cuando quiero llorar no lloro (1973), El pez que fuma (1977), Soy un delincuente (1976), Macu, la mujer del policía (1984), Sicario (1994), Huelepega: Ley de la calle (1999), Punto y Raya (2004), Secuestro Express (2005), Venezzia (2009), Pelo malo (2014), Azul y no tan rosa (2012) y la producción más reciente, Once upon a time in Venezuela (2020), un documental con una duda crítica al gobierno chavista que ha destrozado la naturaleza para explotar sus recursos en beneficio propio de la cúspide del gobierno.

En las películas de los últimos años, el presupuesto para producir películas de calidad ha ido en decadencia, pero los directores y empresas productoras han intentado contra viento y marea mantenerse a flote y estrenar alguna que otra película que refleje la realidad de la ciudadanía en el país. Estrenos que, prácticamente, son por amor al arte, ya que las ventas en taquillas no ayudan a recuperar la inversión de producción. Pues apenas unas 120.000 personas van al cine cada fin de semana en Venezuela y, las que acuden, prefieren ver películas extranjeras antes que las nacionales.

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